2. Responder o proponer (desafío del maestro contemporáneo)

Tenemos pues por una parte la latencia y posibilidad de cambio como sustrato básico universal y atemporal que fundamenta la realización del quehacer educativo en cualquiera de sus modalidades, y por otra las condiciones generadas por el momento actual que dibujan un campo de fuerzas del que brota inexorable la tensión por conciliar la magnitud de la oferta tecnológica y su correlato de exigencia económica con los re-descubrimientos acerca de la dimensión epistemológica y meta-racional del acto de aprendizaje y del fenómeno educativo.

Intentar una aproximación al problema a partir de su segundo polo (el de las condiciones) supone una petición de principio. Sería farragoso y muy desgastante buscar un hilo que nos condujera a encontrar qué es lo desencadenante para la mentalidad actual: la demostración de habilidad para adecuar la oferta educativa al reto tecnológico y socio-económico o la investigación científica, que se debate entre paradigmas, modelos y sistemas, todos ellos en pos de lo inasible: la virtualidad y lo sorpresivo de la vida misma. Y puesto que probablemente ambas situaciones nazcan de una misma raíz, lo que queda claro para el educador que quiera mantener su calidad de tal en la actualidad es la posición equidistante e interdependiente que ciencia y tecnología han tomado hoy en día (la confusión de jerarquías) así como la conciencia de que intentar una comprensión de lo que ocurre a partir de ese estado de cosas es arriesgarse en las arenas movedizas del relativismo; exponerse al pragmatismo y al activismo ciegos que reduciendo el quehacer educativo a una pura “respuesta” hacia las exigencias del momento, lo hacen caer en el fugaz-vertiginoso espejismo de la novedad, lo condenan a la pretensión de “medir el impacto” de lo imponderable y mediatizándolo lo despojan de su condición más esencial: la libertad.